EL ANTIFAZ DE CRISTAL
“El hombre es un espejo en el cual
Uno demuestra su imagen”
GOETHE
Para mis dos Ángeles.
Una que desde el cielo,
derrama amor.
Otro sobre la tierra,
aprendiendo con bondad
a volar hacia las estrellas.
PRIMERA PARTE
OVERTURA
Capítulo I
“…El viento susurra secretos textos
y signos olvidados de amor y muerte.
Lleva pintado en la piel de las serpientes,
anhelos cósmicos de los viejos ancestros cobrizos…”
Luis Mejía García.
En las afueras de una semi abandonada isla, oculta por los cordones espesos del manglar, había un peculiar e inusual movimiento. En una de las tantas e inhóspitas mansiones fantásticas de siglos pasados los andrajosos caminantes, muchos de ellos descendientes del Conquistador Alonso de Ojeda a quien por casualidad los vientos lo impulsaron a desembarcar en esos territorios, merodeaban por allí ansiosos por encontrar algún aurífero desperdicio. Sintiéronse atónitos al observar la diminuta figura de un hombrecillo, tan pequeño como el pájaro Colibrí quien bajo los auspicios de un mentor venido del más allá, instalaba con asombrosa precisión un gigantesco globo multicolor, simulando una majestuosa carpa, encima de la gran mansarda ahora convertida en terraza, la que hasta ese momento había sido nido de aves de carroña devoradoras de Pinochos humanos sin narices de madera, de Prometeos desencadenados quienes otrora, implantaron la violencia invasora asolando los campos y los mares, incendiando poblados enteros donde sus habitantes tuvieron pocas oportunidades para mitigar sus tristezas a través de las leyes de compensación. Simplemente, al igual que sus caras, las maquillaron con el color de la esperanza. Junto a rufianes de todo tipo, cantidades de murciélagos atrapados en sus propias cuevas conformaban núcleos negros enmarañados entre sí, con sus mismas alas infernales.
Tenía realmente el aspecto de un circo al que también suele llamarse arena, pista, estadio, zona de gladiadores, así como de tolerancia, según la malicia, campo de batalla, cuadrilátero, negocios de familia en vías de extinción, tálamos nupciales y otros sinónimos más fáciles ellos de encontrar en jeringonzas provinciales.
DOÑA ENCARNACION, se levantó muy de mañanita; a esa hora decadente de la noche, cuando aparecen muertos “más gallos que pollos” y no al contrario, sin conocerse la respuesta; a esa hora, cuando el aliento perfumado de la brisa baja presto de las silentes montañas refrescando las tupidas madreselvas que enmarcaron las ventanas de las casas sin puertas, y de abanicar suavemente los florecidos jardines sedientos del rocío eternal. Se encontraba confusa. Muchas de sus distintas emociones también controladas durante tantos años, estallaban ahora. La vida para ella se había convertido en una continua e interminable paradoja, lo tenía todo: profesión, dinero, joyas, excelente trabajo, bienestar, un hogar, y sin embargo su corazón sufría de frecuentes “arritmias sentimentales” obligándola a cubrirlo con una capa de hielo e indiferencia, circunstancia para lo cual manejaba una formidable habilidad utilizando a terceros. A veces, se reconocía a sí misma, como una verdadera mujer triunfadora, pero en ocasiones, sin demostrarlo, era víctima de su propio temperamento cuando le exigía pinceladas de romanticismo, ya que una de las características dominantes de su personalidad, radicaba en seguir una definida línea de conducta: ordenada, calculadora e inflexible, acorde a sus propósitos. Se sorprendía del resultado de sus actuaciones al comprobar cada vez, los beneficios obtenidos sin importarle las consecuencias inesperadas para otras personas que eran víctimas de su egoísmo. Ni en ocasiones trascendentes, ni por acontecimientos inspirados en sus definidas costumbres, las reglas ajustadas cabalmente a sus deseos, llegaban a la invalidez. Naturalmente, esas costumbres, por si mismas, le creaban una valla, a la sazón infranqueable a su vida de relaciones interpersonales. Esa constante de la personalidad se trasformaría a su debido momento, cuando en sus esporádicos viajes ensoñadores, hibernara en un punto del cenit, donde comenzaría a sentir que su verdad no es tan terminante ni invariable. Sin embargo con su gran poder de adaptación y merced a su dedicación, soñaba, cuando se alejaba de la cotidianidad, jugando entre sabanas de percal con la placidez del querer estar. Se remontaba hacia las estrellas galopando al unísono con las libélulas, confundiéndolas con miles de Pegasos. En su filosófica fantasía le robaba el fulgor a las luciérnagas para vislumbrar los recónditos laberintos de los seres en transición. Sentíase revoloteando con innumerables crisálidas procedentes de eternidades cercanas, convertidas luego en brillantes mariposas, hecho que le permitía analizar el comportamiento a través de las continuas metamorfosis que sufría la mente en pleno uso de sus facultades. Observando ese paisaje trascendental se atrevía a creer en la posible reconciliación del hombre con la tierra, negado a reconocer por soberbia, el verdadero significado de su propia materia cuando se funde barro en barro y sangre roja y verde, confundidas. Discurría, que cada ser así sea pequeño en la dimensión humana, se coloca un antifaz del color de su conciencia para poder subsistir ante la demanda egoísta y falaz; tal vez, para inmortalizar su propia historia, o para camuflar los sentimientos ambiguos, buenos, o negativos de sus recónditos pensamientos. Consideraba la fama en determinados medios, como un viento galopante que de acuerdo a su permanencia, fluctúa entre análogas circunstancias similares a las alabanzas o los vituperios, cuando sin ellas o con ellos endilgados injustamente, existen hombres bondadosos por encima del bien o del mal, y quienes apuestan de continuo a la exaltación del conocimiento universal para superar andamiajes óseos de indigencia mental en beneplácito de esta dolosa humanidad.
SELENIO, el gnomo inquisidor, quien se hallaba dormitando encima de una alcaparra del tamaño de alguna ciruela en conserva, se desperezó y cuando finalmente despertó de aquel letargo parecido a una inconsciencia cósmica, se percató que había permanecido encerrado por quien sabe cuantos años en una arcaica alacena de la abuela sombrero. Al abrir completamente los ojos, notó que dicha despensa estaba enmarañada y disimulada además, por amarillentos tejidos de frijolité, otrora tiempos embellecedores de las cortinas colgantes en los espaciosos ventanales sirviendo de marco a los grandes salones marmóreos, atestados con finísimas porcelanas, cristales y tapetes en la rimbombante mansión de los señores del Vergel y su conspicua descendencia.
Con sumo cuidado empujó la pequeña y aurífera llave, dentada con marfil del Siam, la cual para su asombro se hallaba escondida en una de las hendijas raídas por el comején. Optó por escabullirse de su antiguo escondite, entre otras de sus tantas apreciaciones, para no ver nunca a su verde y ahora rosada compañera cuyo cambio de color se hacía evidente por el paso del tiempo, convertirse rápidamente en el ingrediente importante de un conocido plato capitalino. Los dos estaban convencidos de que esa fatal circunstancia no era la más oportuna ni jamás la adecuada para dejarla salpimentar, menos aún, que la impregnaran de aromáticos vinagres elaborados con exóticas esencias tropicales. Recordaban cuánto se divertían durante los incontables siglos de exilio dentro de la hornacina fabricada en fino ébano para oliscar todas las hierbas allí guardadas: digestivas unas, emolientes y sanatorias otras, que en unión con las flores bioenergéticas hacían parte de la legendaria farmacopea familiar. Era evidente su necesaria aplicación depurativa en los estados catarrales del espíritu cuando el enfermo aún no ha sido trasladado a la clínica de las pasiones humanas con un grave diagnostico existencial, mientras en su prolongado sopor, resurge de entre los muertos del alma y que aún permanecen con vida. Discierne en su profundo análisis que el hombre en sus inconclusas metamorfosis se mina así mismo, y el hombre como tal, es un ente elegido cuando a pesar de su huidiza naturaleza, solo por terqueza se detiene. Selenio evocaba a Kafka en “La muralla China” cuando escribía que: “…La naturaleza humana, esencialmente tornadiza, inestable como el polvo, no tolera ataduras: forcejea contra las que ella misma se ha impuesto y acaba por romperlas a todas, a la muralla y así misma…”. Le dio un retoque de amor a su rosado cojincito, y le recordó cuando ella fué producto de un alcaparrón y parienta lejana de las aceitunas, las cuales se consideraban en la Grecia antigua, como los frutos de la paz y la sabiduría. Antes de salir para organizar el espectáculo circense, sostuvo un pequeño diálogo sobre la vida con los saltamontes habitantes de la noche junto con las chicharras, en aquellos momentos columpiándose al son d e la extraña y sentida melodía canturreada por las ranas al paso lento del amanecer. Se cuestionaba si los recuerdos y los sueños puedan llegar a confundirse alguna vez, pero quizás, las evocaciones asociadas a un tema en particular puedan tener más significado que los propios sueños. Es como vislumbrar el lenguaje olvidado de ese mismo y a veces agobiante pasado.
Recorriendo kilómetros de tiempo hasta llegar al presente transportado por la alcaparrita, ahora convertida en alfombra rosada voladora gracias a unos polvillos especiales encontrados por azar en la vieja alacena. Al soplarlos por curiosidad, de redondita se convirtió en rectangular con flequecillos verdes bordeándola. Selenio, pletórico de felicidad, a pesar de poseer el “don de la ubicuidad” en eternidades, siglos con sus pasados, presentes y futuros, de pronto sentíase fatigado para remontarse a tan inmensas e insondables latitudes. Aterrizó en el patio de Doña Encarnación quien atentamente le escuchaba su diálogo con los insectos. Ella, aunque bastante atemorizada sintió el gran impulso de seguirle la conversación como si se conocieran desde siempre. Le acotó: “ aquellas situaciones románticas cuando la memoria cose y deshila las puntadas del tiempo para sustraerle recuerdos, encerrados en la memoria, no hacemos otra cosa que tratar de corregir el pasado inevitable, axiomático; como si al hurgarlo, obtuviéramos una respuesta salvadora que nos libere del sentimiento de culpa. Cuando en la vida alcanzamos ese oasis delicioso llamado “soledad buscada”, sustentamos con una vaga referencia aquel hecho que nos preñó el alma de melancolía, y de improviso nos topetamos con una especie de barrera permanente, latente, contenida, que al hacerla concordante con la realidad, deja al descubierto una de las causales de muchos de nuestros fracasos: la falta de libertad. Cuando se coacciona el yo herido, ese yo caminando en muletas que nos impide respirar sin ambages, el aire puro navegando despacio en las mañanas, el yo con ansias de gritar, de correr, de volar hacia lo desconocido, de vociferar por todos los rincones lo que es la farsa de la moral cuando se encasilla en el arte insulso de salvar las apariencias editadas por la sociedad con folletines castrantes, coadyuvados por la religión, naturalmente. Para ello, cuando tenemos el alma en guerra, necesitamos urgentemente una terapia de reconciliación con nosotros mismos, para no abatirnos en la melancolía, y los que es pesor aún, en la desesperación.
Esa falta de libertad en una relación de pareja, cada vez más arisca, tropieza sin amortiguadores con los más encontrados pensamientos, con las discusiones permanentes y los amargos tragos de la intolerancia, generados por inconveniencias domésticas. El perro guardián, celotípico por naturaleza, escudriña la verdad ante la truculencia de la infidelidad, que al final, sólo nos deja un sordo sufrimiento y con una fórmula de rápido despacho anotada con letras mayúsculas en toda una página de la apretada agenda: visitar al abogado canónigo, al Psico-cardiólogo y urgentemente al ginecólogo, por si acaso.
El inexplicable proceso en la mayoría de los casos, lo constituye el milagro de la recuperación, con la titánica misión de anular los traumas. Hay algunos seres que se estancan en el vacío rumiando tristezas toda la vida. Eso es verdad. Pero también es cierto ese rol asumido con cara de víctima conmiserativa, convertido en un falso masoquismo. La rehabilitación radica en querer perder por otro, y que perdiendo, se salga ganando. ¿Cómo? Volviendo a buscar EL AMOR. Este se desvanece, se recomienza una, dos veces durante el período de la pesquisa amorosa, y siempre se hace de nuevo la entrega creyéndola sincera. No menos cierto es el encontrar algún tipo de consuelo en cualquier flirteo. La suerte sería hallarlo como lo hemos idealizado y conciliarlo armónicamente con un grado de sensatez. ¿Pero, es realmente sensato el amor?
Selenio, le comenta Doña Encarnación: < Me causa perturbación el hecho de que en la pobreza fructifique el amor y que ello pueda darse con más fuerza basados en la experiencia obtenida de la miseria y su misma condición ignorante”>. < Mas, lo verdaderamente increíble le acota El Gnomo, es que el amor se atenúa y en ocasiones se esfuma, va y viene continuamente convirtiéndose en dolor de cabeza por unos días, o migraña infinita.
Me dolerás toda la vida, decía algún pichón de poeta, cuando afirmaba:
El amor es un gemir de cigarras con voces de congoja,
y cementerio de adioses hacen largo el camino.
El perfume de dos cuerpos se diluye con la tardía al vaivén de las hojas.
Se confunde tu risa de campana
con los ruidos extraños al toque somnoliento de las horas.
El recuerdo se congela lentamente,
atrapado entre el tiempo y el destino.
Miraré como brillan lejanas las luces en el puerto,
mientras los arreboles tiñen la mar con traje de gitana.
Lo pescadores bordarán con argénteos canutillos,
Su atarraya salpicada de esperanza.
Encaje de pensamientos derrochará la alborada,
perfumando el aire fresco, convertida en dorado pebetero.
Y, como una ilusión perdida,
el amor que desvela, será un duende viajero.
Y el alma solitaria se verá a sí misma,
reflejada en la gris lontananza.
< El amor se eclipsa, es cierto, pero, ¿no se construye la vida basados en el amor?, comenta Doña Encarnación.
< ¿Y… tú no crees que el amor es una eterna contradicción?
< De todos modos amiga mía, no quiero en álgidos momentos, ningún tipo de mortaja sentimental que me condicione para vestirme de inquietud. Cuando me corresponda aparecer en público, porque es un acto inevitable, lo haré con mi alma decentemente ataviada para estar acorde con el decorado escenario de las apariencias, las cuales al final se rompen como Antifaces de Cristal.
Capítulo II
SARA POLINA REBOLLEDO, era una lavandera de ropas y de otros menesteres en un convento de Cartago, que entre otras de las atareadas actividades allí realizadas, todas ellas con miras a la docencia, era un centro camuflado para los soldaditos ávidos de caricias virginales. Autoritaria y distinguida autodidacta, descargaba sus ratos de mal humor, castigando continuamente a la viejita María del Rosario por su lentitud para efectuar los quehaceres dominicales. Uno de ellos consistía en limpiar dos veces por semana la gran campana del cenobio. La pobre, además de famélica y enclenque, era bastante sorda lo que le impedía de tanto limpiar y brillar, escuchar los estruendosos y desacompasados tan-tan producidos por los cencerros y esquilas para hacerla sonar. La perseguía, dándole de latigazos con tres ramas llenas de gusanos envenenados, amén de su inconformidad por tener que lavarles a las prostitutas sus ropajes sentimentales, cuando llegaban al Convento con el firme propósito de alejarse del pecado y entregarse solamente al Señor.
Entre pocetas de lodo y demás porquerías y ante la inevitable sequedad de las cisternas en épocas de verano, Sara Polina con sumo cuidado examinaba cualquier clase de útil desperdicio, y entre conjuros, maldiciones y rezos inaudibles, aprendidos de un viejo santoral, adquirido en las festividades satánicas de Riosucio, por la irrisoria suma de un centavo, buscaba afanosamente entre un montón de chatarra, una cucúrbita que le sirviera para taponar los efluvios matutinos y la destilación de muchos vapores intoxicantes a consecuencia de las purgadas semanales. Todos estos oficios eran penitencias impuestas a su innata soberbia, hechos que le aumentaban considerablemente su neurosis.
Un día cualquiera a mediados del mes de Julio, Sara Polina a escondidas de la Reverenda Madre Superiora, convidó a la novicia Abigail, un poco insurrecta pero con decidida vocación de convertirse en Sierva de Dios, para que la acompañara hasta las orillas del río La Nueva. Con sendas palanganas bajaron en dos destartaladas mulas por un camino sinuoso, polvoriento y empedrado. El oficio de lavandera le dejaba ásperas y resecas las manos sobre todo cuando tenía que restregar todo tipo de uniformes y botas castrenses, pero como en el fondo era una mujer bastante vanidosa había aprendido la antaña fórmula de suavizarlas con unas gotas de limón y azúcar.
Entre saponáceas espumas y bajo los rayos de un calentano sol, que ya les enrojecían cara, cuello, espalda y cuerpo, a pesar del descolorido hábito, Polina le confesó a su compañera de infortunio y de sus cuitas su deseo de escaparse del Convento. Venía cristalizando ese anhelo en su interior desde hacía unos años y a toda costa estaba dispuesta a romper sus votos de castidad, pobreza y obediencia. Recordaba los lejanos tiempos de su primera juventud cuando en camaradería con sus padres y hermanos disfrutaba de confort y amplias comodidades; era una experta amazona y se dedicaba al cultivo de las fresas, las cuales después preparaba con una exquisita crema de leche para el disfrute de sus numerosos invitados. Los finos modales adquiridos desde niña ya que tenía para ella sola una institutriz, casi por completo, durante los treinta años de su permanencia conventual. Con el tiempo, la expresión de sus bonitos ojos verdes se tornó lacerante y un recio carácter se fue apoderando de ella alborotándole algunas de las pecas que tenía en su ovalada cara. Poseía un cuerpo esbelto y bien formado, hecho que pudo comprobar una vez cuando al salir todas sus compañeras al cerrado patio del claustro donde había árboles frutales y muchos cuadros de variadas hortalizas, tomó todos los pequeños espejitos guardados por las religiosas en las mesas de noche, objeto permitido únicamente para mirarse el rostro, de ahí su tamaño. Los colocó muy pegaditos el uno con el otro, se escondió en el baño y así pudo observarse desnuda completamente. Cuando se le ocurrió semejante despropósito hecho condenado por la Orden al considerarlo un gravísimo pecado mortal, contaba para ese entonces con treinta y cinco años. Jamás quiso volver a intentarlo pues aquella tarde no sólo por un tris la descubren, sino que la imagen reflejada le devolvió un cuerpo asimétricamente cuadriculado con anchas intersecciones de plástico de todos los colores, impidiéndole verse tal cual era. Cómo añoraba haber estado en el Salón de los Espejos en el Palacio de Versalles, recinto que conocía perfectamente a través de los numerosos libros acerca del Renacimiento, guardados, clasificados y conservados con lujo en la biblioteca de su casa, para mirarse en su total desnudez, sin ambages y sin esa odiosa malicia aberrante. De pronto, un raro sortilegio le empañó la mirada. Se vió distinta, con otro tipo de piel. Sus neuronas alocadas convirtieron su cerebro en tal caos, que sus pies eran la cabeza y al revés, obligándola a ponerse la toca en el sitio menos adecuado. Se estremeció. Creyó palpar con sus nerviosas manos toda la sangre de las venas saliendo a borbotones por cada uno de sus poros. Perdió por unos segundos el conocimiento. Al reponerse de semejante espejismo, de dijo para sí “ ¿ Cuándo Señor me convertí en un ser vulgar olvidando mis modales, olvidándome de mi misma, adquiriendo la actitud de pingajo de una vida conventual rebosante de infelicidad, celos, egoísmos, de insinuaciones indecorosas donde se pone a toda prueba tu condición de mujer. ¿Qué clase de mujer?” La declaración de los Derechos del Hombre, los cuales se había aprendido de memoria, vinieron a colación para considerar que algún día, las féminas estarán en igualdad de condiciones, y estos especímenes de religiosas como yo tendrán por fuerza mayor la resolución de evaporarse de la faz de la tierra, porque su misión es bien diferente de lo que se plantea en mi actual estatus ambivalente y pernicioso.
Tenía escasamente 13 años cuando se percató de que en ese ambiente aburguesado de su aristocrática familia, altamente proba, cumplidora de todos los preceptos religiosos, políticos y sociales, se tejía un conflicto ético, el cual en aquella época significaba una traumática vergüenza y una terrible frustración moral: su padre había decidido enrutarse en las filas de la Masonería. Agregado a ello, estaban comenzando a tomar auge las corrientes del comunismo y las ideas izquierdistas se asían con bastante fuerza en los ámbitos mundiales. Ya era suficiente el marcado desprecio por la herejía Luterana, que desde el siglo XVIII con la seudo - reforma a la rebelión religiosa, le había arrebatado a la Iglesia Católica gran parte de sus adeptos. Decidió entonces Sara Polina, postularse como novicia en aras de la fé para rescatar por medio de la oración, los silicios y las inclementes mortificaciones la salvación de su arbitrario progenitor.
Retomando el camino de regreso al convento, llevando consigo los atados de ropa recién despercudidos, entre comentarios alusivos a la vida del convento, se rieron alegremente al saberse las únicas Monjas que podían salir del claustro, lo cual les permitía darse ciertos aires de libertad como bien lo decía Abigail, quien era dueña de un profundo hoyuelo al lado izquierdo de su regordete cachete. Su cara simpática y expresiva semejaba la luna a la que hubieran dibujado debajo de los párpados dos pícaros ojos color marrón, los cuales movía coquetonamente de un lado para otro, enmarcados por largas pestañas rizadas. Tenía la nariz pequeña y la bien moldeada boca, cuando estaba atenta a cualquier conversación asombrosa la fruncía graciosamente, como haciendo pucheros. Entretenidas en su variado diálogo, observaban transitar continuamente a muchos campesinos montados en sus famélicas mulas. Portaban sendas canecas en ambas manos para cargar el agua del río, dado que el acueducto era vedado en aquella vereda por la incipiente civilización y ese dispendioso oficio era tarea obligada por lo menos, dos veces al día.
Estos veredeños, aparte de trasportar el preciado líquido loma arriba, coadyuvaban en las tareas del campo y trasladaban a los capataces y a varios de sus peones cuando necesitaban ir al pueblo más cercano para abastecerse de herramientas, aperos para el patrón, y una que otra bisutería para conquistar a las mocitas de turno.
De repente, Sara Polina se quedó oteando a la nada, ignorando a Abigail quien examinaba su actitud silente. Con la frente arrugada, rasgo típico en ella cuando se encontraba malhumorada cavilaba preguntándose el por qué su carácter, antes afable se había tornado hosco y adusto. Claro se respondía, mi postura no es otra cosa que el producto de los atildados estereotipos socio-religiosos. Volvía de nuevo el terremoto mental aturdiéndola inmisericordemente. La turbaba profundamente infringir cualquiera de los Diez Mandamientos, pero sentíase feliz de haber cumplido a cabalidad el cuarto. El amor hacia su padre a quien admiraba y amaba entrañablemente, bien le había valido su renuncia al mundo, pero, los frecuentes “mea culpa” cuando pretendía enjuiciar el Pecado Original con sus consabidos Siete Pecados Capitales, le habían hendido el esternón de tanto golpearse con los puños bien cerrados. Se devanaba los sesos cuestionándose si había valido la pena su gran privación evadiendo otra manera de vivir más placentera. Sentíase al borde de una “meningitis metafísica” que sólo lograba calmar, aplicándose ampollas de resignación elevando superlativamente la espiritualidad. Sin embargo, en sus largas noches de insomnio, escudriñaba todos los rincones de su cerebro y se daba perfecta cuenta que poseía neuronas sin estrenar, y no precisamente por falta de algunas. Virgen como ella, eran sus glándulas sexuales que no habían experimentado emociones, por lo cual su afectividad oscilaba de continuo en la frustración. Ahora se espantaba de la gran farsa que era su existencia, empezando por el nombre el cual cambió de antemano cuando supo que iba a ejercer en aquel convento pobre, cuyas Postulantes eran en su mayoría jóvenes procedentes de estrato social medio. La Madre Superiora, Abigail y tres Novicias más, eran de su misma clase. Nadie conocía como se llamaba realmente: Mariela Álvarez del Pino y de Alba, excepto la Priora y su querida amiga novicia.
Como si adivinara sus pensamientos y sus confesiones con Abigail, un proscrito pasaba cercano a la ribera del río, precisamente en pos de ella. Al verlas con los hábitos monjiles, jadeante, con la voz entrecortada se acerco para preguntarles si conocían a una religiosa llamada Sara Polina mientras se bebía a sorbos un poco de agua de la casi vacía cantimplora. Ésta, expectante, frunciendo más de lo normal el entrecejo, le dijo: < ¿Para qué la necesita? >. . Al escuchar aquello, dio un paso adelante suavizó algo su expresión contestándole: < Yo soy a quien usted busca>. Le entregó el ancho sobre el cual guardó cuidadosamente en el bolsillo del mandil. Le ofreció seguidamente, unos tragos del refrescante guarapo que momentos antes les obsequiara una pareja de agüeros. Les confesó el mensajero, cuyo nombre era Ismael Cuadrado Tordesillas, ya más descansado pero aún con temor, su afán de esconderse mientras pasaban las temibles elecciones, pues venía huyendo de la persecución política desatada semanas antes, hecho oculto para él hasta entonces. Ignoraba en que consistía y para qué servía el color rojo o el azul, salvo por los comentarios oídos distraídamente por boca de sus abuelos, o por aquellas glosas sueltas emitidas por los capataces de las haciendas adyacentes. En la única fonda situada a la vera del camino alcanzó a oír una discusión acerca de los partidos políticos y el color que los caracterizaban. Cuando supieron, los allí sentados en apretados bultos de café alrededor de una rústica mesa bebiendo aguardiente, del encargo que debía realizar y analizaron los caminos por donde debía efectuar ciertas travesías para no llamar la atención de ningún extraño y posteriormente llegar a su destino, le aconsejaron esconder su reciente cédula lejos de los bolsillos del pantalón, la camisa, o la billetera si así podía llamársele a una bolsita tejida en palma de iraca con unos cuantas monedas y un fajito de billetes de a dos pesos bien envueltos adentro. Ladinamente la ocultó dentro de la suela de sus alpargatas, nombre común y habitual del calzado en tierras campesinas. Sara Polina, acostumbrada a vacacionar con su familia cuando era muy niña, en las playas del Mar Caribe, supo de inmediato que los zapatos poseedores de sus callosos pies, eran las albarcas tres puntá tan conocidas en todas las regiones costeñas; dicho aspecto totalmente desapercibido para Abigail, quien era oriunda de Manizales.
El embrollo con las cédulas obedecía al hecho de que si a un incauto se la encontraban, los agitadores y compradores de votos les exigían, algunas veces bajo amenazas, sufragar por el candidato de sus preferencias. En ocasiones, como le sucedió a Ismael Cuadrado Tordesillas, el mensajero de los ojos negros brillantes, se veían en calzas prietas no quedándoles otro remedio que escabullirse a toda velocidad, para no ser apaleados brutalmente. La lucha eterna por el poder, cobrando a su paso tantas víctimas.
Sara Polina, al escuchar los apellidos de su interlocutor, intuyó atinadamente su procedencia al recordar a una familia de pescadores muy queridos para ella, quienes la llevaban a pasear en una pequeña barquita por los lados de Puerto Viejo, allá en Tolú. Se le ocurrió entonces la idea de esconderlo en la casa de una pareja conocida de bailarines intérpretes de las danzas del Pacífico. Para su sorpresa, resultó ser un experto en materia de bailes tropicales, además de tener buenos conocimientos gastronómicos, artes que lo irían a favorecer con el tiempo.
Ansiosa ante la inesperada aparición, la procedencia del recado y el sigilo del portador, abrió apresuradamente el sobre cuya tarjeta debidamente marcada a mano por una avezada calígrafa decía:
“Reverenda Hermana: no sabemos si todavía se encuentra en ese convento, pues tuve conocimiento de su posible traslado a otro lugar más apartado para mayor penitencia dado sus últimos actos de insurrección y agresividad. Lo lamento de corazón pues sé lo mucho que usted ha sufrido y las penalidades por las que ha pasado; mas, le comunico para tranquilidad suya y para la expiación de su ya pagado purgatorio, que su señor padre expiró en la paz del Altísimo, convirtiéndose de nuevo al catolicismo. Le enviamos esta invitación para que se digne acompañarnos al Gran Baile de las Máscaras, evento que se realizará dentro de seis meses en un rincón del Caribe. Segura de su aceptación, al paso por Medellín le daremos instrucciones. Durante todo este tiempo estaremos en contacto con Usted a través de Ismael. Sabemos que por su largo y penoso exilio le serán necesarias muchísimas dispensas por parte de la Curia. No se angustie que todo le saldrá bien. Firmado, DOÑA ENCARNACION de los DOLORES.
El estupor asomó a sus ojos y luego fue apoderándose de ella un frío casi letal hasta perder por completo el sentido. Abigail, más sorprendida que la desfallecida monja, sólo atinó a sacar un pedazo de alcanfor que guardaba en uno de los bolsillos del raído hábito, para espantar “calores prohibidos” y colocárselo en la pequeña nariz, para hacerla volver en sí, pero del susto le taponó completamente las fosas nasales, hecho que hizo las veces de una anestesia total. Cuando volvió de su letargo, habían transcurrido más de ocho días. Bastante trabajo le costó a la novicia Abigail el llevarla de vuelta al convento. Tuvo que recurrir a los agüeros, o trasportadores de las canecas de agua, para cargarla; tal era el soponcio en el cual se hallaba, que ni los enormes chorros emanados de aquellas oxidadas palanganas lograron volverla en sí. Todo el Convento entró en pánico. Unas pedían llamar al Sacerdote para que le diera la extremaunción; otras, al Señor Obispo para que la exorcizara porque estaba poseída por Satanás. La viejita María del Rosario al saber la noticia, de un brinco llegó al campanario y cesaba de doblar campanas creyendo que la gruñona de Sara Polina había fallecido. Las Hermanas encargadas de la cocina, no sabían ya que darle de comer; no le pasaba bocado alguno, sólo pedía desesperadamente agua de tilo para calmar sus nervios. Por su trastornada cabeza pasaban y venían copiosamente miles de pensamientos e interrogantes. Si aceptaba dicha invitación, ello le significaba convertirse repentinamente en anatema ante los ojos de la sociedad abandonada y a la morbosa chismografía pueblerina. Se imaginaba el profundo estupor de la Reverenda Madre Superiora al escuchar su irreversible convicción para desertar, después de tantos años de vida religiosa; en ese momento, Polina acababa de cumplir cuarenta y tres. Había pasado demasiado tiempo debatiéndose, castigándose, envejeciendo.
Gina, como realmente se llamaba la Reverenda, era de origen italiano, pero al decidirse con verdadera vocación a seguir por los senderos del Señor, consideró oportuno el cambiar su nombre por el de Orfelina, ya que el propio, le recordaba a una “servetta”, personaje de las comedias de arte, la cual representaba a una campesina astuta, picaresca, de lengua bastante suelta, lejos de lo que ella era realmente en su entorno familiar. Pertenecía a una casta de ilustres músicos y poetas, descendientes lejanos de insignes Barones, por lo tanto, era desleal cualquier tipo de asociación nominal.
Después de la Primera Guerra Mundial, sus padres emigraron a Suramérica estableciéndose en Bogotá y allí tomó los hábitos ingresando a una de las ya existentes Comunidades religiosas. Posteriormente, fue trasladada a Cartago, con el ascenso de Priora. Fiel a sus principios y a sus votos de castidad, pobreza y obediencia, aunque severa, era afable en su trato y sobre todo, muy comprensiva cuando escuchaba el desaliento y la desazón de muchas de sus monjas. Varias, con insondables cicatrices en el alma empujadas por sus progenitores al reconocer en ellas ideas izquierdistas acataron la infame resolución; otras, para olvidar el cruel engaño de su primer amor y aquellas como Sara Polina, quienes se sacrificaron en aras de la conversión de blasfemos y herejes. En su santuario privado, la Superiora estudiaba y releía los pocos libros escasos y prohibidos de la Historia de la Iglesia acerca de los atropellos de la Inquisición, llamada también el Tribunal del Santo Oficio. Se enteró como el Papa Gregorio IX entre 1.231 y 1.235
La instituyó en diversos países de Europa con la aquiescencia del Emperador Federico II. La Inquisición se estableció oficialmente en Francia, Italia, Alemania y España. Su fin primordial era extirpar la herejía mediante el empleo de métodos para enjuiciar y proceder, análogos a los usados por la potestad civil, y dejando a éstos, la libertad para aplicar las penas las cuales implicaban torturas y derramamiento de sangre. Lo realmente sorprendente radicaba en que el inquisidor además de ser un juez extraordinario, su autoridad se aliaba a la del Obispo, convirtiéndose a su vez en el representante directo del Papa quien lo había nombrado expresamente. El “trabajo de Dios”, aniquilaba no sólo a herejes sino también a falsas brujas, legiones de mujeres, mejor si eran jóvenes y bonitas, hombres, ancianos y niños. El Malleus maleficaeu, era conocido como el martillo de las brujas. En la Bula de l.484, Inocencio Vlll de Génova (J.B. Cebo) declaró:
“Ha llegado a nuestros oídos que miembros de ambos sexos no evitan la relación con ángeles malos: íncubos y súcubos, y que mediante sus brujerías, conjuros y hechizos, sofocan, extinguen y echan a perder los alumbramientos de las mujeres”. Curiosamente para Gina quien no salía del asombro, leyó que cuando el Papa se vió recluido a su lecho de enfermo, fueron necesarias la aplicación de tres transfusiones de tres mujeres jóvenes a quienes les arrebataron tanta sangre, que les produjeron la muerte. Sin embargo esto no fué suficiente para mantenerlo con vida, ni de amamantarse del pecho de una madre lactante. Cuando finalmente expiró en el año 1.492, le lloraron sus amantes y sus hijos.
Lo verdaderamente insólito pensaba Selenio adelantado en el tiempo, dada la versatilidad de su ubicuidad, es que aún prevalezca el celibato entre los sacerdotes católicos, provocando escándalos innecesarios, producto del patetismo eclesiástico. Conducta ambivalente que ha generado en el seno de la Iglesia la renuncia cada vez mayor de sus feligreses quienes siguiendo la línea trazada por Jesucristo, asumen sus deberes espirituales de una manera más abierta, más acorde con la era moderna, sin caer ni en la falacia, ni en la desfachatez.
En aquella época, era casi sacrílego hacer dejación de hábitos y votos. El proceso para pedir la “dispensa”, era obra de TITANES, aquellos gigantes de la mitología griega, hijos de Urano y Gea, que pretendían tomar el cielo por asalto. Lo primero, consistía en informar y persuadir a la Superiora que al serle concedido el milagro de la postrer conversión de su padre, la deuda con La Corte Sampedrina, quedaba saldada. Lo segundo, enviarle una extensa, convincente y explicativa carta al Obispo de la Diócesis; luego, Éste, al hacer un examen exhaustivo de semejante despropósito, la enviaba al Señor Arzobispo. En los anaqueles de la Curia, la mayoría de los casos, no sólo de Monjas, sino también de Sacerdotes, eran archivados con el membrete de PROFANOS. Los inmolados personajes, considerados ipso facto como herejes, tenían que esperar años para ser oficializada su petición ya que los trámites requerían para su aprobación final, el visto bueno de Roma, y muchas veces dependía de la corriente conservadora del Papa. El tráfico de influencias, a más de la moneda “circulante”, en manos de la Curia, obraría finalmente el milagro.
Según lo institucionalizado en el código de la dote, se supone, la entrega al marido, en este caso el Convento, de unos bienes, sea en concepto de valor y para que restituya el equivalente al disolverse el matrimonio, protegiendo, por decirlo así, la liberalidad de la mujer. Mariela no conocía con exactitud el monto de su jugosa dote exigida a su ingreso, y en su particular ocurrencia, cual sería su retribución por haber estado casada con Cristo. De todos modos, su permanente contacto con la Madre Superiora, le resolvería la duda. Sin embargo pensó que tantos años al servicio de la educación escolar, le servirían como pasaporte para dictar clases de inglés y matemáticas a domicilio y así solventarse en su nuevo estado.
Sara Polina quedose de nuevo ensimismada al presentir su inminente acto de arrodillarse ante el confesionario y escuchar los exordios sacerdotales proferidos por los labios de aquella “lámina” de hombre, tan afectuoso, tan bondadoso y querido. -¡Qué gran vaina, se decía para sus adentros, la esclavitud de ese galán al tener que soportar la sotana y confinarlo a una soltería de resistencia!
Ya repuesta de todo ese momento crepuscular, tratando de asimilar y elaborar el profundo contenido de aquella misteriosa invitación que le había dado un vuelco total a su inconforme vida, la sobrecogió y no atinaba como poner en orden su confundido corazón. Estaba contenta por la salvación del alma de su adorable padre, como también regocijada por su irrevocable determinación. Sin embargo, sentía en lo más profundo de su ser, un tácito recelo ante el enigmático derrotero que le aguardaba: destino, la ciudad. ¿Cuántas expectativas, cuántos segundos, instantes, momentos por venir le depararía el azar? En vano surtieron efecto los fehacientes ruegos, las sentidas y cariñosas súplicas de la Madre Superiora para convencerla de quedarse, para hacerla desistir de su resoluta determinación.
< ¿Qué vas a conseguir enfrentándote a un mundo estigmatizado y ruin? Te exhorto a deponer tu intrepidez>. La Superiora apelaba a su gran sentido de persuasión exponiéndole argumentos de peso, pero todo fueron hermosas palabras pronunciadas al viento. Le profesaba un gran afecto a la religiosa, y era consciente de que sus constantes brotes de mal genio seguidos de sus arrepentimientos, en nada minaban su gran talento y su valía en la buena marcha del establecimiento. La resolución estaba tomada a conciencia y era inexorable. No quedándole nada por hacer, la Reverenda Madre Orfelina la hizo ponerse de rodillas y allí, en aquel sagrado recinto, pues se encontraban en su oratorio privado, la recostó dulcemente contra su regazo, le estampó un cálido beso en la frente y mirando al Crucifijo le dio para siempre su afectuosa bendición. En cuanto al tema de la dote, le explicó que éstas se recibían como donación. , le dijo finalmente.
Sara Polina se despertó temprano aquella mañana. Tenía el ánimo al igual que una bandera cuando es enarbolada con honores en lo más alto del mástil. Tantas emociones encontradas, tantas expectativas abriéndose lentamente cual cerezos en flor, lograrían mantenerla en alerta ante el cúmulo de experiencias por venir, ante un giro contundente, radical, inesperado. Sentíase volátil, etérea, como una pequeña burbujita que empieza a formarse en la chocolatera hogareña para posteriormente convertirse en mil formando con el rápido batir del molinillo en la aromosa y humeante espuma. Su imaginación bajaba, rodaba y subía por mil toboganes de colores bailando el vals de las mariposas.
Despacio, sin producir el menor ruido, entró a la celda de Abigail quien comenzaba a desperezarse, estirando lentamente cada uno de sus músculos. Al verla aparecer tan sigilosamente, le escudriñó de soslayo la cara. Esbozaba una amplia sonrisa, ademán inusual en ella. Había llegado retozona, parlanchina y entre susurros la convidó a dar un paseo por aquel solitario caserío, cercano al río; ese paraje donde solía ir cuando era presa del infortunio y la desesperación, colmándola de una paz infinita. Era como un pequeño oasis para su alma atormentada, carente de afectividad profunda. Para Abigail, en cambio, era como una especie de pozo donde veía reflejado su propio yo, donde guardaba con celo, muchos recuerdos de su relativa infancia feliz. Imágenes de personas que la rodearon cuando cumplió los dieciocho años aparecían vívidas en su memoria. Esa gran fiesta celebrada con motivo de su onomástico, marcó época en su ciudad natal; era oriunda de Manizales. Jamás se le olvidaría la cara de asombro que pusieron todos cuando solemnemente ese mismo día, les anunció su adiós a la mundanal ciudad para presentarse como Aspirante de Novicia en el Convento de Cartago. El estupor se apoderó de los ahí reunidos. Unos lloraron de alegría mística, otros de tristeza excepto las dos tías beatas y tacañas, quienes la abrazaron pletóricas de felicidad. Lástima, comentó una de ellas, que no hubieras sido hombre para irte de Cura, pues así más adelante con el pago de las Simonías y la poncherita de las tres Misas diarias producto de las limosnas de los feligreses tendríamos asegurada la vejez sin tener necesidad de trabajar meneando la paila del arequipe en las noches decembrinas. Personas que semejantes a las nómadas golondrinas, se perdieron para siempre de su vista y de su vida. Figuras y objetos atados al inconsciente se volvían reales de improviso.
Todavía percibía su olfato el aroma de ese ramilletito de pensamientos regalo del buen mozo de Alfredo, quien con los ojos sin lágrimas porque le dolían al salir, la acompañó hasta la estación del ferrocarril para darle el último beso de aquella cruel despedida sin regreso. Rememoraba con algo de nostalgia, que llevaba puesto un sencillo vestido amarillo bordado en el recatado escote con pequeñas florecillas de colores pálidos, diseñado por la pudorosa vecina quien no salía de la Iglesia hasta no haber asistido a todos los oficios religiosos los cuales comenzaban todos los días a las cinco en punto de la mañana. Siempre estuvo presente sin perderse ni un Ángelus ni un Rosario, desde que tuvo conocimiento de ella misma. Un cintillo del mismo tono, le sostenía el rizado cabello castaño, ahora demasiado corto por el uso constante de la aparatosa toca.
Asidas del brazo, saltando como dos colegialas en recreo, salieron a escondidas del Convento para dirigirse a su refugio encantador. Sara Polina, de brinco en brinco canturreaba el comienzo de un hermoso pasillo: Quisiera ser el aire que llena el ancho espacio, quisiera ser la brisa que esparce suave olor…
Al llegar al sitio de sus preferencias se encontraron con un panorama estremecedor: la furia de la tormenta ocurrida cinco días atrás había arrasado algunas de las casuchas con techos de paja, viviendas de los humildes labriegos, de “los hombres elementales y buenos que tienen el alma limpia y el corazón sereno”, como los describió alguna vez Carlos Castro Saavedra. observando no sólo la inclemencia de la naturaleza embravecida por la fuerza del huracán, sino los árboles desiertos de sus nidos por la tala implacable del hombre, Abigail consternada le comentó a la enternecida Sara Polina <¿Qué pensarán de estas tormentas, los privilegiados del destino, hedónicos, ebrios de goce, cuando contemplan con una desgarradora indiferencia, cómo las miserias, la tristeza, el desamparo, la destrucción y la misma muerte, se encarnizan con los abandonados de las riquezas? A su vez me cuestiono Abigail, ¿si los que sufren en este mundo, agregados permanentes a los maltrechos de nuestra sociedad, cuando acudan al llamamiento del Dios de la verdadera justicia, lograrán el olvido de sus tantas y desenfrenadas angustias en una felicidad eterna? Mas, como escribió Lamartine, “tal vez haya en los límites de la esfera, regiones donde el verdadero sol, ilumine otros cielos>.
A pesar del impedimento para caminar por entre los mustios ramajes, las dos escuchaban la sentida sonatina emitida desde la copa de un pino abatido, por muchos pájaros perdidos entre la pardusca hojarasca. Sus hermosos plumajes surcando bajito el horizonte abruptamente despejado por la poda drástica del viento, su unían a sus melodiosos trinos, conformando una gigantesca postal viviente. La fragancia exhalada por las variadas plantas aromáticas que crecían al desgaire a las orillas del sinuoso camino, formaban asimétricos setos. Por encima de ellos, un majestuoso roble sobreviviente a los embates impíos de Eolo, se erigía victorioso portando entre sus frondes cascadas de grisáceas melenas. (Tillandsia usneoides). Este hermoso árbol servía como punto de orientación para llegar a la morada de Eduviges Maritornes, experta costurera. Poco agraciada por la vida y burda al hablar, poseía un almacén dotado de un completo surtido de ropa femenina. Dentro de un camuflado escaparate, lejos de las maliciosas miradas de mujeres y hombres quienes padecían del mal de Olafo el Amargado, guardaba atrevidos indumentos y accesorios para todas las tallas y alturas: zapatillas, borceguíes, tacones de punta y de puntilla, botas del Oeste, escarpines del silencio, para noches de amantes fugitivos; abarcas con fuertes olores a mancebos de Turquía y hasta chancharretas para los pies cansados de soportar el oneroso peso del país de los idiotas. Por supuesto, no podían faltar los vestidos con guingas y volantes; otros, con recamados encajes y elaboradísimos bordados en flores para resaltar los insinuantes escotes, de esos, que ponen al desnudo las propias posesiones, hasta el punto que la auto-convicción señala la capacidad de causar la perdición de algún hombre, sin la utilización de otras armas de “mayor volumen”, las que resultarían altamente explosivas. En fin, ropajes de mucho raso y de mucho canto que pasaban de generación en generación.
Observadora, como Eduviges Maritornes era, quiso escudriñar hasta que punto querían llegar y a que se debía la extraña presencia de las dos religiosas; lo hacía de la misma manera cuando analizaba los gestos de su cara, al mirarse en el espejo, y comprobar sin vergüenza la grotesca caricatura de su propio yo. Confundidas por tan inquisitiva ojeada estática observándolas sin pestañear en la selección de tan profusos atavíos, les preguntó tajantemente: < ¿Para quién son todas estas prendas? Es que son demasiadas y muy costosas>. Sin inmutarse, poniendo los rostros contritos contestaron a dos voces: < Son para la Señorita Florentina Mosquera del Portillo, dama procedente de Popayán e invitada de honor a la Hacienda de Don Riverita con motivo de las fiestas del Santo Patronal. La pobre, continuó explicando Abigail, se encuentra venida a menos por la pérdida funesta de su equipaje, acaecido durante la travesía entre los numerosos puentes servidores de sostén para el paso de los arroyos de su viaje hacia Cartago>.
Aquestes puentes se habían roto al pasar las mulas de carga transportando los pesados baúles, que contenían la totalidad de sus pertenencias. La tremenda caída de los mañosos animales terminó en desastre, muy a pesar de Lorenzo el Acemilero. Fueron a parar a las fauces malolientes del putrefacto riachuelo contaminante por la impureza de sus aguas sucias y estancadas. La comunidad reinante de moscas y jejenes, animalejos volátiles llamados dípteros y provistos de una saeta punzante y enloquecedora, hacían de las suyas en su insufrible terquedad para revolotear en el mismo sitio, en el mismo brazo, en la pierna izquierda, en la espalda, en el dedo gordo del pié estropeado por el impacto, con tan mala suerte para las desesperadas víctimas, especialmente. La Señorita Florentina, que al espantarlos con el ala del sombrero, o con el sudoroso pañuelo, se posaban sin misericordia, en el lóbulo derecho de la acribillada oreja, acto cuyo efecto hacía enloquecer al más cuerdo, aparte de una rabiecita menuditica, con ganas de cazar y matar de un solo abanicazo a tanto H….
La benevolencia, virtud ajena para Eduviges Maritornes, según los comentarios escuchados en los corrillos de comadres perniciosas, borraron repentinamente cualquier rasgo de mezquindad y una amabilidad postiza asomó a su voz de tarro.
Negociante como era, pensaba calculadoramente en su interior. “¿Cómo no voy ayudar a estas Monjitas cuyo ánimo está poseído por las verdades inculcadas en el Santo Evangelio de Jesús?—Ellas como personas rectas, son mensajeras de la caridad—. Además, con que cara voy a mirar a Don Riverita, cliente estrella y patrocinador de mi establecimiento, –Si gracias a él, bendito sea, mi fama se conoce hasta en Cali “.
Para asombro de las ruborizadas compradoras, quienes sólo atinaban a mirarse de reojo ante semejante farsa por ellas desatada, el peso de la conciencia, no del remordimiento les punzaba fieramente el corazón. Las plegarias silenciosas, implorando el perdón de Dios, llegaban hasta prometerle penitencias inalcanzables y el rezo de cien Rosarios diarios, como mínimo.
Si bien era cierto que estaban cortas de dinero, el cual obtuvieron en el bazar realizado por el alumnado con fines benéficos, no era menos cierto que habían usufructuado más de la mitad de las ventas. Las osadas religiosas, con este sólo acto, según los cánones, se habían labrado el camino seguro hacia la gran Paila por haber faltado contra uno de los Mandamientos.
Consecuente, Eduviges Maritornes, derrochando todo tipo de gentilezas se aprestó a la escogencia de tan versátiles ropajes, conocedora como ninguna de las exigencias extravagantes, propias de las Señoritas de caché.
Unos para clima frío, otros, para tierra caliente, algunos, considerados por la experta vendedora pasados de moda; en fin, trapos y más trapitos que afortunadamente poseía en su bien surtido almacén. Aunque permanecían ajenas a los vaivenes del mundo citadino, Sara Polina y Abigail estaban enteradas del “último grito de la moda”, gracias a las revistas dejadas al desgaire por algunos Oficiales de rango. Muchas de ellas para el entretenimiento de varias novicias contenían infinidad de fórmulas secretas para aplicar en las pieles resecas, ungüentos a base de Tricófero de Barry para tonificar los cabellos marchitos y hacerlos más acariciables, horóscopos para todo el año, las fases de la luna, recetas de cocina, truquitos y consejos de todo tipo y hasta acartonados versitos románticos para enamorados cursi aprendidos de memorias soñando con amores imposibles.
Para la afamada Maritornes, ese era un día muy especial, ya que gracias a la herradura colgada detrás de la puerta, a los cinco ajíes amarrados con una cinta blanca, junto con dos brillantes y fértiles granadillas atadas a un lazo rojo a la entrada de su casa, más el gran Cirio Pascual que le duraba todo el año encendido, le habían proporcionado su día de suerte, y todavía no era el mes en el que los comerciantes hacían su famoso Agosto.
Al momento de saldar la “gran cuenta” con las religiosas, invadieron su tienda un grupo bien conformado de bailarines para alquilar, a buen precio, según la tradición adquirida años atrás de abuelos a padres, de padres a hijos, de hijos a bisnietos, toda la indumentaria necesaria para sus presentaciones en público con motivo de las fiestas patronales. Un sinnúmero de sayas, pañuelos rojos, alpargatas, faldas negras, sombreros y pañolones escogidos cuidadosamente hacían parte de los implementos utilizados para ejecutar las danzas autóctonas colombianas. Con algo de sorpresa, Sara Polina observó entre los bailarines separando su indumentaria al mensajero Ismael Cuadrado, ése mismo que al entregarle la invitación le había regalado sin saber hasta ese momento su contenido, la tarjeta electrónica de la liberación. Sus negros ojos brillantes se posaron suspicazmente en los suyos y ambos sintieron una complicidad armoniosamente intangible; complicidad donde le insuflaba también sin proponérselo o imaginarlo siquiera, un hálito de vitalidad y confianza.
A un sonido de la campanilla, amarrada a un cordel de plata, encima del mostrador, Eduviges se dispuso mirar de reojo a las ya desfallecidas damas eclesiásticas para quienes la Careta de la Mentira empezaba a comprimirles los ojos, a estrecharles las sienes de la conciencia ante su convincente desparpajo. Sentían los talones de sus pies, anclados a los arabescados baldosines, y tan lejos de sus dedos como si éstos pertenecieran a las huellitas marcadas en el espacio caricaturesco por el gato ladrón de pajaritos. La prisa por llegar a su habitual destino parecía contraída en el tiempo y un sopor pecaminoso se fue apoderando de sus erguidas espaldas apechándose de todo el peso del limbo que nunca existió.
Consciente del favor solicitado y del suyo propio en beneficio de sus intereses, la Maritornes les cobró tan bajito, como si las ventas estuvieran en liquidación total. Estaba muy lejos de maliciar la patraña de la que había sido víctima, y sólo dos años después se enteraría por los grandes titulares de la prensa regional, de un acontecimiento inusual que la colmaría de infinita perplejidad, preguntándose por la verdad de lo incierto y lo posible entre las triquiñuelas de la vida.
¡Ay!, pensaba Selenio en voz alta “ese reciento del alma que mantienen tan amurallado las personas acostumbradas a fingir y sobre todo, a defenderse continuamente de ellas mismas.”
Lejos, a millas de distancia de aquel bullicio pueblerino no sólo por las festividades patronales, sino por la primera elección de la “Reina de la Cachimona”, una bandada de cuervos de un “negro azulado”, emprendía hacia las alturas un larguísimo vuelo. Semejaban figuras elaboradas con plastilína cruzando la imaginaria línea divisoria entre el cielo y el mar, que al perderse de vista se iban decolorando paulatinamente, convirtiéndose en grises nubarrones.
La cachimona, estribaba en un juego de dados bastante particular donde un puñado de peones se enfrentaba a su suerte. Consistía en esperar que el dinero del mayor apostador cambiara de dueño y el afortunado ganador podría pagar una deuda anterior y así gestionar su salida de la cárcel. Para poder evadirse de ésta, el Gendarme de común acuerdo con el acreedor, les daba un día de gracia, el cual se tomaba por descontado durante su permanencia en el recinto penal para obtener su fianza. La Reina, “amiga íntima” de aquél y Primer Delegado del Alcalde, y de común acuerdo, exoneraba de la deuda y del calabozo al más tahúr de los participantes, y al más hermoso representante de los hombres bien hombres, del macho machote de la plétora fauna masculina, quien tendría el privilegio de halagar a la soberana, no sólo perpetuando el culto al Rey Falo, sino fajándose una partida extra en la cual dejara completamente pelados a los demás competidores llenando la cárcel de morosos. La ganancia se repartía así: la mitad para el Gendarme, y la otra para la ufana soberana y el asqueroso pedante.
En su reconocido trayecto, Sara Polina cabizbaja, meditabunda, discernía entre el bien y el mal. En los despropósitos que le podría ocasionar su decisión final. Qué sucedería con su nueva identidad de laica. Si bien era cierto, ésa inusitada invitación contenía un atractivo irresistible, máxime cuando le confirmaban anónimamente la muerte de su padre en brazos del Señor Jesús, se decía a si misma: “¿Qué pasará mañana en este acorralado mundo en el que me he visto avocada a permanecer? De una u otra forma, no renunciaré al estigmático arcano, al fin, es el pasaporte a mi libertad. En esta mal conformada sociedad, continuaba diciéndose a si misma, en la cual me he visto avocada a permanecer, se podrá tropezar con alguien a quien no le sea ineluctable arrendar una cara de sinceridad, con un mundo diferente, con nuevos y novedosos planteamientos que resuciten el enigma latente de mi vida? Oh Señor Jesús, escucha mis temores y mis súplicas.
< ¿No crees Señor, que el ser humano muestra su fuerza cuando se enfrenta a las dificultades? ¿Y luego por qué se nos acusa injustamente por delitos aparentemente graves, que jamás pensamos llegar a cometer? Tú conoces mi caso, Señor y sabes que mi rebeldía no es contigo>.
Absorta como estaba en sus razonamientos filosófico-religiosos, recordó que debajo de las ropas recién lavadas en el río, camuflaba las suyas recién adquiridas donde la Maritornes. Aún continuaba dándose golpes de pecho, esta vez con el Crucifijo pendiente del hábito, sostenido por un gancho de cobre. Abigail, silente, esperaba ansiosa que cayese la noche mientras sopesaba su decidida participación, de la cual, intuía, no se arrepentiría jamás.
Abstraídas, arrebatándose las palabras y las ideas la una a la otra para encontrar el día, la hora y el momento perfecto de su partida, se acongojaron al observar frente a la puerta del perdón de la Iglesia montones de crápulas hacinados, en su mayoría condenados al ostracismo. Vieron como en una escena dantesca, los que no tenían ventura, los occisos del alma con la vida casi yerta. Se les une un beodo que canta a grito henchido sus amores perdidos con hipos saltones, mientras arrastra por el pavimento árido, un maletín que fue de marca cuando era un brillante Ejecutivo; la corbata hecha jirones descollaba chocarrera sobre el macilento pecho desnudo, asida a un poluto cuello que otrora perfumaba con exquisitas lociones francesas. En aquel espectáculo de miseria, un perro sin Dios y sin dueño caminaba despacio con la cola gacha, rígido del frío y casi sin alientos. Sus huesos endebles con pisadas huecas, las sostenía el viento cual un vals macabro. Sus ojos cansados, lagañosos, despiertos por eternas noches sin sueño, parecían clamar con lastimeros aullidos que su osamenta se funda en los cielos. De pronto en la difusa tarde tropieza con algo; Su olfato percibe el efluvio triste de un ciego harapiento. Se erecta su cola al sentir sus toscas manos en el pelambre seco, un ladrido quedo se escapa en el viento y agita su largo rabo dando alegres muestras de agradecimiento. Con andar cansino empiezan a recorrer las calles de los basureros en busca de quiméricos alimentos esparcidos desordenadamente en los quicios de algunas de las enramadas abandonadas por parias como ellos. Sara Polina y Abigail, los siguen como autómatas impulsadas por un vago recuerdo de una cara conocida como la de aquel pobre viejo.
Unos pasos adelante, observándolos a hurtadillas, percibieron el calor de brasas encendidas y el tac-tac de una olla cuando cuece crispetas; con esa avidez, producto de la hambruna, amo y perro aceleraron su caminar lento. La desecada saliva afloró al paladar del ciego; se relamió de izquierda a derecha y al contrario las comisuras de los enjutos labios. Añoraba cuando era un niño las enormes palanganas repletas de las enviciadoras rosetas de maíz que le preparaba su madre con distintos sabores para celebrar el día de su Santo: unas eran con dulce, otras eran con sal, y aquellas envueltas en melazas de panela negra acompañadas con sendas tajadas de queso, tan halagüeñas para el paladar. Al rememorar sus felices momentos de la infancia se acordó que entre risas con sus compañeritos de juego inventaban con trozos de bambú y latas oxidadas, graciosos caballitos. Los ojos eran trocitos de frascos, la boca se la ponían con las pepas bien raídas de los jugosos y exquisitos zapotes (matisia cordata) bombácea del grupo del baso. (Especie nativa de los climas cálidos de los Andes colombianos. Le dio importancia José Celestino Mutis, excitado por el interés de Francisco Javier Mutis, el gran dibujante de la Expedición Botánica de La Nueva Granada. Enrique Pérez Arbeláez, Plantas Útiles de Colombia). El cabello, con la crin que le habían cortado a la vieja mula muerta por las picaduras del nuche o tábano.
Evocaba con inmensa melancolía, aquella época inocente de paz y armonía, deshechas por el recrudecimiento de las guerras civiles que arrasaron sus ranchos y mataron a diestra y siniestra. Entre esa barbarie cayeron abatidos sus padres y hermanos quedándose solo, errabundo y ciego por efectos de una bala que le destrozó por completo el nervio óptico.
De vuelta a la realidad, tragando saliva, con una mano sosteniendo el bastón y con la otra, apoyándose en el cuerpo del esquelético can a quien le puso por nombre VICTOR, ya que había notado que cuando pasaban por la cantina de la esquina, éste detenía el paso, se echaba en el suelo y se quedaba a la escucha de la canción que sonaba en la vieja vitrola hasta que terminara,” Dónde están casas viejas de ayer…”, se acercaron raudos a la hoguera, sin presentir la presencia de las dos religiosas, quienes le escuchaban la historia que en voz muy alta le iba contando a su nuevo amigo canino. Allí, una pobre mujer con cuatro infantes acurrucados bajo su regazo, semejaban el bosquejo de un cuadro desolador, a la semblanza de un negativo sin revelar de alguna cámara pirata. Como un retrato de Francis Bacon, que muestra la inadaptación de los seres.
Con voz apenas perceptible, la mujer preguntó:< ¿qué desea un pobre hombre como yo?> <
< Un poco de sus crispetas >, le respondió el ciego.
Las dos se percataron de que aún, tenían unas monedas en el bolsillo y a un descuido del ciego a quien había confundido Abigail con un tío desaparecido tiempos atrás, y de la triste mujer que lloraba sus desgracias, las echaron en el tarrito donde iba a cargar el agua del río. El lánguido perro Víctor, estaba ya tan sin reflejos que no olfateó su presencia, quedándose dormido, o su propia mansedumbre se confundió por segundos racionales con la benevolencia trasmitida en silencio.
Más allá del arrabal, se perfilaba el vistoso parque central de la población, enmarcado por erguidas y verdes palmeras. El bullicio proveniente de las calles adyacentes a la principal, no era otra cosa que los preparativos para la fiesta regional. En aquellos instantes estaban comenzando a empalizar la plaza que les serviría de marco para las incipientes corridas de toros. Lejos de la Sacristía, en una vivienda de techos altos y entejados, ya que abundaban los de paja, las monjas allí reunidas e invitadas por una de las familias pudientes de la ciudad le daban los últimos retoques a los ricos mantos de terciopelo bordados con hilos de plata y fina pedrería, que vestirían a los diferentes Santos de yeso dorado acompañando a Santa Bárbara en la solemne procesión.
Dentro de la Iglesia, varios feligreses, entre ellos mujeres con la cabeza cubierta por la cachirula, mantilla de punto asida al cabello por un largo alfiler del plata rematado generalmente por una perla gris, le daban gracias a Dios por los beneficios de las cosechas, ya que por intermedio de la Santa, las tempestades con sus estruendosos y paralizantes rayos habían cedido sin dificultad carente de hechos verdaderamente lamentables y las lluvias invernales amainaron antes de lo previsto. No faltaba entre tantas y agradecidas oraciones, la voz quejumbrosa de alguna de ellas implorando la purificación de su espíritu por los pecados del cuerpo, cometidos en aras del deseo para lo cual enredaba alrededor de su esbelta cintura un cilicio con numerosas púas que le perforaban la carne. Lo realmente sorprendente era que dichas puyas remataban en rubíes, esmeraldas y diamantes, regalos de sus numerosos amantes de turno. Cada piedra guardaba una historia diferente, como diferentes habían sido las acrobáticas posiciones por ella adaptadas para merecer tan exquisitos presentes. ¿Estaría arrepintiéndose de verdad? Preguntaba Selenio con el ceño fruncido.
Una hilera de cirios listos para ser encendidos circundaban el altar mayor; dos vivarachos monaguillos corrían de un lado para el otro llevando candelabros, jarrones de plata de disímiles tamaños atiborrados con hermosas flores, los ornamentos para la celebración de la Santa Misa todo ello ejecutado bajo las órdenes del Sacristán, quien poseía una voz de soprano trasnochada, que distaba mucho del tono varonil y cuyo marbete había extraviado desde los comienzos de su insurrecta adolescencia.
En un recodo de la nave central del templo y en la parte posterior, un grupo numeroso de Beatas, algunas de ellas con los brazos en cruz entonaban cánticos, alabanzas y oraciones de perdón por los pecados que nunca cometieron, por la redención de aquel borrachito enamorado que las espiaba desde la esquina y por las noches les cantaba melodías enternecedoras debajo de los floridos balcones, así no le importaran las copiosas ensopadas de que era víctima por parte de sus energúmenos suegros. Arrodillada en la última banca, situada ésta justo al lado de la puerta principal, una de ellas con la cara tapada por un negro velo, semejando una viuda reciente, respiraba jadeante como si se hallara en un profundo éxtasis contemplativo, hecho encomiable para las demás presentes, acostumbradas a esos actos de “profusa fé”.
Sonaron copiosamente las campanas; los monaguillos encendieron los cientos de cirios y velitas, los cargadores asentaban sobre sus hombros protegidos por sendas almohadillas el macizo paso de la Santa; el futuro Señor Alcalde, portaba con excesiva vanidad, más que con devoción, el estandarte; la Reina de la Cachimona, pudorosamente vestida al lado de su machote trofeo, entonaba cálidamente los Mil Jesuses: Jesús, Jesús, Jesús Ay Jesúuu, que el dolor da placer, y miraba socarronamente de soslayo a su acompañante apodado El Chorrillo. La simpática Banda integrada por músicos obesos menos el de la trompeta que de lo enjuto, a duras penas la hacía resonar, interpretaba un distorsionado allegretto, mientras cientos de feligreses luciendo sus vestidos nuevos, se alineaban a lado y lado de la procesión portando en sus manos faroles de colores.
Nadie notó que entre esa barahúnda producida por los buscapiés, los compases de la música, los relinchos de los caballos prestos con sus apuestos jinetes a dar inicio a la cabalgata y posteriormente al baile luego que finalizaran los oficios religiosos, que una de las beatas desaparecía en medio de la multitud, mientras una piadosa Monja de cara alunada y expresivos ojos color marrón, rezaba ante la imagen de la Virgen María implorándole su ayuda, su protección y su perdón por tantas mentiras dichas. Ya en la soledad de su celda con el corazón palpitante empezó a llorar. Gruesos lagrimones rodaron por sus regordetas mejillas al recordar paso a paso los pormenores de la furtiva escapada, y de su aparente inocencia cuando la Madre Superiora al enterarse al día siguiente de la desaparición de Sara Polina le inquirió sobre su compañera de cuarto.
< Reverenda >le contestó simulando un fuerte resfriado. Ella al verme tan decaída y sudorosa por la fiebre me dijo esta mañanita < Como hay tan poca ropa para lavar, no te preocupes Abigail, yo puedo hacerlo solita; quédate recostada que a mi regreso, paso por la casa de Doña Clotilde y te traigo uno de esos brebajes tan excelentemente preparados por ella para bajar la calentura.>
< Todavía los estoy esperando, Reverenda Orfelina >, le dijo con la cabeza gacha para que no se percatara de su vergüenza.
Sin embargo, la Superiora estaba totalmente segura de la fuga de Mariela con la complicidad de Abigail a quien no quiso reprender. De inmediato se apresuró para escribirle una extensa y explicativa carta al Señor Obispo para acelerar los trámites de la onerosa dispensa. Dentro del sobre iba un cheque con varios ceros, girado por ella en agradecimiento a su favor, y además para cumplir con el pago obligatorio de las Simonías que bien atrasadas estaban.
Entretanto, muy lejos de Cartago una esbelta mujer de ojos verdes, desmesuradamente abiertos, las mejillas tensas y los labios apretados fuertemente, con la cabellera negra terminada en una gruesa trenza rodeándole la cabeza en una forma coquetonamente perfecta, parecía tan natural que era casi imposible encontrar debajo de ella algún mechón de su pelo rojizo con el cual pudieran delatarla. Vestida con bonitas ropas campesinas, sostenía con sus manos trémulas, un pañolón que subía y bajaba por encima de la perfilada barbilla, cuando se encontraba con algunos labriegos para ella conocidos. Entonces comenzaba a caminar presurosa por entre los platanales dejando atrás los plantíos erectos rodeados por coloridos samanes, y guayacanes majestuosos, que entregaban sus hermosas flores amarillas, rosadas y blancas al suave viento que las deslizaba embelesado, para bordar con ellas un tapete esplendoroso sobre el campo verde. Más allá, percibía las voces alegres de la turba infantil elevando sus cometas a los cielos mientras sus tupidas pestañas retozonas se esforzaban por encontrar y halar la pita enredada en las alas de un gallinazo blanco que emulaba sus risas con graznidos musicales. No dejaba de pensar en la buena de Abigail aquel día lleno de vivencias después de atravesar la puerta del Claustro.
Recordaba con cierta picardía, cuando muy entrada la noche en el conventual silencio de su celda, tijeras, agujas, alfileres e hilos en mano, iniciaron la adaptación de faldas, chaquetas y camisones al blanquecino cuerpo. Lo primero que hicieron fue correrle una larga hilera de broches para consolidarle su flácido cuerpo, y sobre todo, levantar los senos caídos no tanto por el rigor de los años, sino por esa infame faja que más bien parecía un anchísimo esparadrapo para ocultarlos sin piedad.
< No me importa Abigail, mi cuerpo tendrá que irse acostumbrando a otra clase de sacrificios: aquellos de vanidad que hacen lucir llamativa la figura femenina.>.
< Como estás bastante delgada, cuando llegues a la ciudad, comienza a practicar ejercicios al aire libre, de esos efectuados con ropas ligeras. Es imperioso, no sólo fortificar todos tus músculos, sino darles un tono bronceado para estar completamente a la moda.>
Sara Polina le tenía un gran afecto a pesar de ser menor que ella. Pero Abigail poseía ese don especial de hacerse querer por todo el mundo. Además le profesaba un gran respeto cuando a escondidas, sacaba debajo de una de las costuras del colchón, las cartas del Tarot. Con él, profetizaba muchas de los acontecimientos por suceder, los cuales después resultaban absolutamente ciertos. De ahí, su extrañeza al recomendarle su devoción al famoso Santo de las solteronas. ¡Cuánto la iba a extrañar!
Caminado muy rápido a ratos, otros, trotando, corriendo, con el cuerpo empapado en sudor por el ceñido corsé que ya comenzaba a tallarle, las arrugas antiguas se marcaban insistentemente en su frente a la cual no le cabía más una gota de transpiración.
Según averiguaciones efectuadas con antelación, preguntó en la última ranchería a la salida de Cartago, por Lorenzo el acemilero, quien por supuesto, no la reconoció. Le pidió le alquilara unas cuantas mulas, una buena yegua, agua suficiente para el camino, y por supuesto su compañía.
Durante el largo recorrido, sumida en sus pensamientos, caminando paso a paso los senderos de su niñez hasta llegar a la adolescencia, se detuvo al recordar el modo tan peculiar como Mercedes su institutriz, la inducía por los deliciosos caminos de la lectura; desde entonces se refugiaba en ella, cuando tenía momentos de solaz en el tumultuoso convento. Leía con verdadero deleite los poemas de los nuevos autores contemporáneos, mandados desde Bogotá, o, libros de vieja edición, arrumados desordenadamente en la biblioteca. Gozaba releyendo viejas ediciones de los clásicos entre ellos Shakespeare, quien era su preferido, junto a las locuras del Quijote En muchas ocasiones, polemizaba con la Reverenda Orfelina ante las irregularidades entre las fuerzas existentes, cuando por casualidad encontraba refundidos algunos libros con la etiqueta de:” Prohibidos por la Iglesia”.
< Sara Polina, la única manera de progresar hacia un mejor conocimiento, es irle poniendo una mechera a la mente para quemar poco a poco, nuestras propias confusiones. Hay que destruir con sapiencia, las ideas falsas latentes en nosotros mismos y proceder a la limpieza del pensamiento puro, de la misma forma como se asea una chimenea cuando está cubierta de hollín. Así llegaremos entonces, perfectamente acicalados a la gran cima de nuestro complejo destino.>
Selenio, quien estaba sentado sobre uno de los libros prohibidos escuchando atentamente la conversación de las dos religiosas, se preguntó: ¿Dónde estriba la verdad verdadera, en un alma tan atormentada como la de Mariela Del Pino y de Alba? Hay veces que la ínmácula verdad se convierte en una hipótesis compuesta de muchas suposiciones lógicas para nosotros y para otras almas que piensen como tal, pero si optamos por una tesis donde admitamos una esfera independiente de valores y de formas, y planteemos una antítesis donde se haga de la vida algo más que “una simple vida”, no podemos sintetizar que el principio vital, movido por la intuición en muchos casos, se quede a la mitad del camino.”
>La verdadera intención, le coteja Encarnación, quien se estaba comunicando telepáticamente con el gnomo, discerniendo un poco sobre la eterna filosofía de la vida, radica en conquistar la libertad individual y en base a ella, mediante una toma de conciencia de sí mismo, sopesar la escala de valores, ya que en la existencia de todos los hombres hay incidentes pasados que jamás se olvidarán y nunca dejarán de llenar sus corazones de orgullo o de remordimiento por más intransigente que sea el individuo. Sin embargo, en su lejano porvenir habrá acontecimientos trascendentales por suceder, cristalizándose paulatinamente a través de la mente objetiva, la cual está siempre esforzándose por entrar en el dominio espiritual>.
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